[Reseña] Los mantras modernos – Martín Felipe Castagnet (Sigilo, 2017)

Un libro muy esperado. Leer a un contemporáneo que se expresa en las redes sociales puede ser un problema (la obra, el autor, el viejo tema). Sin embargo, Martín es un autor inteligente con una obra inteligente. No hay muchos ¿Nombres? Para qué.

En Los Mantras Modernos, hay muchas cosas que están bien. Desde las negritas a la primera oración, que dan dinámica sin apelar al truco del microcapítulo hasta la gambeta al vencimiento rápido de la tecnología, mediante dos detalles interesantes: el neologismo (llama “bindi” a lo que hoy hace el celular, como el “äppärat” de Gary Shteyngart en Super Sad true love story) y la resignificación (los buscadores son más que buscadores; recuerdan a algoritmos transformados en oráculos).

Otro gran trabajo de resignificación es el tema “desaparecidos”. La novela cuenta que la gente aprende una técnica para desaparecer. Desaparecer es que la imagen no se ve pero el cuerpo queda. Cuando ya no queda ni el cuerpo invisible pero ocupando un espacio, ahí se desvanece.

En la reseña de la novela que salió en la revista Ñ, el reseñador, acaso envalentonado por la juventud del autor, se pone a darle consejos. Básicamente le echa en cara que habla de desaparecidos. No es un dato menor y creo que la berreta literatura del yo tiene mucho que ver con esta aberración. Tantos años de confundir autor con personaje, ha hecho que una reseña confunda ficción con historia política. La primera persona que no se despega del autor y  la moraleja política son dos destinos del fracaso seguro para un fajo de papeles con la intención de ser una obra.

Los Mantras Modernos es, como la otra novela de Castagnet (Los Cuerpos del Verano, 2012) y como mucha del sci-fintástico-distópico, una obra política. Es política, no sólo porque presenta batalla en el campo de las resignificaciones de algunos términos, es política porque piensa, porque apuesta a eso de que la verdad tiene estructura de ficción.

Al finalizar el discurso al joven Castagnet, el reseñador le dice que Marcelo Cohen o César Aira no hubieran cometido el “error” (sic!) de llamar desaparecidos a los desaparecidos de la trama.

Voy a ocupar este párrafo con una extensa carcajada: jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajj (respiro) jajajajajajajajajajajajajajja.

¡Qué hijo de puta! ¡Justo Aira, que vive resignificando mitos! ¿O no sería, siguiendo esa línea, un “error” llamar “Ema, la cautiva” a “Ema, la cautiva” por las cosas que evoca el libro? Es el mismo truco. Pero a Aira, ¿quién le va a decir algo hoy? Y Cohen, yo lo quiero, a pesar de su literatura capricorniana con ascendente en plomo, pero hay pocas obras tan erradas como “El País de la Dama Eléctrica”, por comparar primeras obras de autores.

Continúo.

Las dos novelas de Castagnet tienen una ingeniería ideativa que generan buena resaca una vez terminado el libro y con la evanescencia del chusmerío emocional de los personajes.

Hablando de personajes, en Los Mantras Modernos hay demasiados. Entiendo que hay un juego especular que hace que vengan (o se vayan) de a dos. Por ahí un breve recorte de alguna pareja le hubiese dado más fuerza a los demás. Pero seguro que fue probado y quedaba mejor así. Ahí ya es la decisión del autor.

Me gustaron mucho algunas imágenes.

“Todo lo que desaparece tiene el color de las radiografías, de las sirenas de ambulancias y las farmacias de turno, de las lámparas adentro de los hornos y de las heladeras, de las salidas de emergencia”

 

“(En las estaciones de subte) ya no pasa ningún tren y sólo las enredaderas llegan de una estación a la otra”

 

Por último, hay una cosa que sorprende particularmente en las obras de Castagnet y es que captan unas sutilezas de lo masculino/femenino de forma muy calibrada.

“Son demasiado varones para quererse en voz alta”

 

Para cerrar, a modo de colgajo, dos teorías caprichosas (una es quejosa):

 

1 Castagnet fue seleccionado junto a otros jóvenes autores latinoamericanos en algo que se llama Bogotá 39 (me enteré de su existencia ahora, no sé si es una tradición). El efecto de eso es, obviamente marketinero (ya hay notas hablando del “nuevo boom latinoamericano”). Mi reacción: es medio una cagada ¿Por qué? Una, porque cada reseña de acá a que se muera, cada solapa de libro, cada reportaje, va a estar precedida por la sarasa Bogotá 39. Como le pasa a Falco y otros con Granta. La otra es que es pan para hoy (se extrae del anonimato a un spotlight de seleccionados) y hambre para mañana (el efecto Walter Coyette, una gema que carga con la maldición de que sus hechos vayan detrás de su expectativa).

 

2 El talento de Castagnet para la épica distópica es por ser hincha del Lobo.

 

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