[Reseña] Italpark – Mariano Favier (Marciana, 2016)

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Autorreferencia. Al poco tiempo de cerrar el Italpark un amigo me dijo “pensar que nosotros vamos a hablar del Italpark como los viejos hablan del Parque Japonés”. Fue el primer dato real de que ya no éramos jóvenes, que el mundo nos expulsaba.

Italpark es una novela coral. Creo que ya despotriqué contra las novelas corales cuando comenté La Maestra Rural. No voy a repetirme, es una cuestión de gustos. No es que me moleste la fragmentación, una estética muy tentadora para escribir ficción en este siglo. También lo fue a principios del siglo XX, debe ser algo de las primeras décadas, hasta que los decenios se acomodan. Pero la fragmentación hilvanada con el bordado de la narrativa clásica (por decirlo de alguna manera) no es lo mismo que la fragmentación del documental de gente hablando en tres cuarto de perfil con fondo beige.  

Italpark apela al recurso del documental: algunos personajes se dirigen a alguien que está haciendo un libro sobre el parque. Aunque por suerte no se queda sólo ahí. El problema más grande del formato es que ahoga la posibilidad de profundizar los personajes (que vivan). Cuesta diferenciar a algunos, pero más importante que eso, es que cuando aparece uno que claramente está para crecer, se muere en el cubículo que le reservaron al lado de los que no aportan nada. En el medio, como parte de esta forma, hay unos separadores de elementos técnicos que están muy bien (Registros de fallas de juegos, Visitas de contingentes, Libro de  Quejas).

Autorreferencia. Cuando tenía once años el padre separado de un compañero de colegio nos llevó a los Laberintos del Terror. No se podía entrar sin un adulto. El tipo, un petiso con psoriasis, dueño de una segunda marca de sidra, se pasaba por los carriles de Libertador como un jugador de tetris con duda obsesiva. Llegando al parque, hacía comentario sobre “las minas”. “Miren ésa, qué fuerte que está!”. Ese día fue importante para mí porque marcó el metro patrón del boludo.

Es imposible decir Italpark y que no se encienda la máquina de evocar. Escribir una novela sobre eso sin caer en el canon de la nostalgia triste y barata de la reunión de ex alumnos es difícil. Un peligro de desmoronamiento constante. Sospecho que por eso el autor prefirió ir por los rieles más o menos seguros de la distancia que aporta lo “documental”.

Es una novela sobre las trampas de la evocación también.

El riesgo más importante es que no pase nada ¿Está mal que en una novela no pase nada? Y sí. A los del equipo de las formas les debe parecer una tontería, una cosa de nenes que quieren ver acción siempre. La “acción” de lo formal no es algo para nada interesante. Lo experimental por encima de una historia es un solo de guitarra ¿Quién se acuerda de un solo de Satriani? ¿Quién puede evocar con una agradable consternación un virtuosismo de las formas? Pero, momento. Italpark no es una novela que descanse completamente en el collage. No.

En plan de fantasear, sin conocer la gestación de la obra ni al autor, creo que lo formal lo puso a salvo de una “novela del recuerdo ochentoso”, que sería, eso sí, una calamidad.

Si lo coral padece de que el todo no sea más que la suma de las partes, y cuando uno habla de “novela” piensa (y espera, en mayor o menor medida) un todo, este comentario quedaría en un : algunas partes están muy bien – ¡el aspirante a modelo siendo apedreado arriba del teleférico!- pero en el total se diluyen.

Sin embargo el autor elige cerrar la novela con un capítulo diferente. Bajo el título de Free Pass pone en acción, ahora sí francamente novelada, sin freno de mano formal, a tres personajes que hasta ese momento aparecían como otros más del catálogo. Transforma una voz de mensaje de contestador en un enredo vital. Son veinticinco páginas donde pasa mucho. Como si fuera el teaser de una próxima obra, ahora sí, desatada.

Autorreferencia. Un día fuimos con mi hermano a los Laberintos del Terror, ya decadentes, sin colas, hacía mucho calor. Los monstruos nos perseguían sin ganas. Caminaban. En vez de “WAAAARRGGGHHHHH!!!”  decían” wa”. En un momento en que no había perseguidores, aprovechamos a volver sobre nuestros pasos. Nos asomamos dsigilosos a una curva y vimos cómo Drácula sacaba una botella de Coca semi envuelta en una bolsa de plástico, tomaba un trago largo y la escondía debajo del ataúd.

Si Robert Altman viviera (y leyera la novela) diría que Itapark está muy bien así como está, que la gracia de lo coral es que los fragmentos no tengan el mismo tono, que para que brille Riquelme, tiene que haber un Matellán. Quizás un poco por cansancio, un poco porque es la primera novela del autor, estaría de acuerdo.

Pero bueno, Robert está muerto. Yo lector, sería el primero en meter una pre order si la próxima novela de Favier arranca donde termina ésta, con el tono, la dinámica y  vitalidad de esas últimas escenas.

Puntaje hablemos del pasado pero evitemos la nostalgia : 7

Puntaje habría que hacer una versión local de The Warriors que termine con el amanecer en el ItalPark : 8

Puntaje detalle de la fuente estilo kindle : 9

 

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