El Peregrino – J.A. Baker (Sigilo, 2016)

En una Master Class de hace unos años, Herzog contaba anécdotas de robos y aconsejaba a los estudiantes de cine alejarse de las universidades de cine. Les decía que mejor era leer El Peregrino.

Como suele pasar con estas cosas, uno sale a buscar el libro. Al no haber traducción al español se decanta por el inglés. Pero lo de siempre: un masacote de adjetivos que parecen decir  “vas a tener que dedicar mucho tiempo a leerme”  manda a El Peregrino al lugar ciego de la lista del kindle.

Tiempo después aparece la noticia de que Sigilo va a publicar la edición en español con traducción de Marcelo Cohen. Nueva chance.

Flashback. Unos años atrás comencé a observar aves. Un grupo de entusiastas en twitter convocaron una mañana a la Reserva Ecológica y me gustó. El entusiasmo fue creciendo, compré unos binoculares por treinta dólares en una página china y conseguí la Guía de Aves de Argentina y Uruguay, la biblia que trae las mil especies que pueblan estos lugares.

Paréntesis. Está escrita por el hermano de José Narosky. Espero que algún documentalista fan de Herzog que llegue hasta acá se dé cuenta que tiene la película servida: un hermano construye una fortuna en base a libros de aforismo. El otro, es la referencia máxima de la observación de aves del país. No puede fallar.

Lo mejor de empezar a observar aves es que uno descubre un mundo nuevo que estaba ahí, como la carta robada. En las plazas no sólo hay palomas, gorriones y cotorras. Con el tiempo se termina viendo más zorzales y horneros que gorriones. Por los cielos de la ciudad, pasan chimangos, caranchos, calancates, garcitas, etc. Una tarde tomando mate con binoculares en el Parque Centenario, vi un halcón colorado en una palmera. Una mañana, al entrar a la pieza buscando algo, escuché un sonido raro: eran unos boyeritos colgados del yuyo que crece en la medianera del PH de al lado. La mañana después la gran poda de Larreta del año pasado, un carpintero picoteaba un tronco.

La vida cambia. En las listas de cosas para llevar en viajes cortos o largos, “binoculares” y “guía”, tienen la misma importancia que “cargadores” y “plata”.

Sin embargo hay un freno. La vida agitada del padre de familia profesional y pagador de alquiler, deja lugar sólo para un birdwacheo amateur: estar atento a un sonido, llevar la guía a un parque, esas cosas. No hay fines de semana en Ceibas. Ni observación todos los días.

No eran los problemas de  J. A. Baker, un hombre que dedicó una década a recorrer unas tierras en Essex mirando halcones peregrinos. Comenzó su registro al tiempo que caían las bombas de la revolución Libertadora (comilas, comillas) y duró hasta  la salida de “(i can´t get no) Satisfaction”.

A priori, pasar diez años mirando cómo interactúan los animales de un pedazo de tierra en Inglaterra puede parecer una empresa aburrida.

Lo es.

Por eso, El Peregrino se recorta al diario que va desde el 1 de octubre al 4 de abril de uno de esos años. Así y todo, uno imagina el suspiro del traductor cuando se sentó por primera vez frente a un texto lleno de descripciones largas y gomosas, esas de las que mucha gente cree que es el núcleo de “escribir bien” mezcladas con docenas de nombres de pájaros.

Pero, a ver, ordeno un poco.

Dedicatoria. Baker se lo dedica “A mi esposa”. No sabemos si por reconocimiento o culpa. Sea uno u otro el motivo, un buen gesto de J.A.

Comienzos. El libro arranca con un prefacio que describe el contexto geográfico de la obra. “Al este de mi casa, la larga cadena de colinas descansa en el horizonte como el casco de un submarino”.

¿No les suena? ¿No se imaginan a Herzog diciendo esto en off, con su tono de Sigfrid con sentimientos. “..la larrrga cadena de colinas descansa en el horrrizonte como el asco de un submarrrino”. Funde a cielo gris.

Los primeros dos párrafos son de este tono. Al tercero Baker se ataja: “Las descripciones de paisaje muy detalladas hastían”. Y ahí juega su carta:

“Siempre he deseado ser parte de lo abierto, estar allá, al borde de las cosas, dejar que la impureza humana se enjuague hasta el vacío y el silencio  como el zorro disuelve su olor en el agua fría y ultramundana; volver a la ciudad como un extranjero” (“volverrrr a la ciudad como un extrrrranjerrrro”)

Después viene un segundo prefacio, que contextualiza a la estrella, el halcón peregrino. Arranca medio principito (“lo más difícil de ver es lo que realmente está ahí”) pero después de las descripciones, metáforas y datos (me cayó muy bien la tabla de porcentajes de aves que se come el peregrino – spoiler: paloma torcaz 38%) cierra bien arriba: “(…) Quizás viva en un mundo de pulsaciones incesantes, de objetos que no paran de dilatarse y contraerse. Apuntado a un pájaro distante, a un batir de alas, tal vez sienta – a medida que se extiende debajo de él como una mancha blanca- que nunca va a errar. Todo lo que él es se ha desarrollado para vincular el ojo que localiza con el talón que se clava”.

El diario se lleva las 150 páginas finales.

Los días pasan entre docenas de especies que interactúan con el peregrino. No hay mucho más (ni mucho menos) que descripciones, metáforas y reflexiones. Es un libro naturalista con momentos de aciertos (como cuando el tono melodramático de una canción resuena con un estado de ánimo). El problema que me apareció es que cuando conocía a la especie de la que hablaba, me enganchaba, pero si no conocía al pájaro, mi concentración volaba más lejos que el peregrino y no volvía más.

Hay otra cosa un poco insoportable en este tipo de registros: poner al hombre por fuera del registro natural, demonizarlo.

“Ni el dolor ni la muerte son más terribles para una criatura salvaje que el miedo al hombre. Un colimbo chico, embadurnado de petróleo hasta lo obsceno, a flote en la marea como un leño incapaz de mover más que la cabeza, se despegará del rompeolas empujándose con el pico si uno alarga la mano (…) Los asesinos somos nosotros. Hedemos a muerte. La llevamos encima. Se nos pega como escarcha. No nos la podemos arrancar”.

Baker se pasa el libro fascinado con la forma de matar del peregrino pero avergonzandose de la forma de matar del hombre. En el barrio uno le diría:  “hacete peregrino si tanto te gusta, chabón”.

Yo, yo, yo: así como cuando se murió Piglia lo que más se leyó en las redes fue lo le pasó a uno con el finado. Voy a contar mi propio encuentro con un peregrino.

Las altas torres de hormigón marplatense, pintadas de amarillo flemón, se enfrentaban al mar como las manos atadas de un condenado a muerte…

Perdón.

En Mar del Plata, hace varios Festivales de Cine atrás, alquilamos un departamento en el piso 35 del edificio que “no es el de Havanna”, que está atrás. Ibamos por el palier a tomar el ascensor cuando se me ocurrió mirar la ciudad por una ventanita chica que daba luz al pasillo. En eso veo que a treinta centímetros, vidrio de por medio, dormía un halcón peregrino. Hermoso. Fuera de joda, un bicho lindísimo. No me dió ni cinco de bola. Él siguió durmiendo y yo me fui a ver alguna película mumblecore u otra gilada por el estilo.

Puntaje “libro de reflexiones de una experiencia que le cambia la vida al autor pero que no tanto al lector”: ocho

Puntaje de la tapa: 9

Puntaje “Biblioteca Jonathan Frazen del birdwacheo”: 8

Puntaje “comparado con Juan Salvador Gaviota”: 10

 

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One thought on “El Peregrino – J.A. Baker (Sigilo, 2016)

  1. Lo terminé de leer ayer. Lo vi recomendado en varios lados y pensé que podría gustarme (no sé porqué lo imaginé como un Moby Dick 2.0). Al no conocer al 80% de las aves citadas, me resultó un bodrio de pé a pá.

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