César Aira – El Santo (PRH, 2015)

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En uno de esos momentos de bloqueo dentro de una librería, donde los títulos se vienen encima y todo es más o menos lo mismo, me compré lo que por poco tiempo sería la última novela de Aira ¿Hay diferencias entre las obras que edita para el megamainstream y las que salen por las editoriales megaindependientes? No sé, ni lo voy a averiguar en breve (acepto argumentos).

La primera vez que la agarré, la abandoné casi en el ISBN. “En una pequeña ciudad catalana empinada en los acantilados sobre el azul Mediterráneo, vivía un monje con fama de santo.”

(Uf, no, no estoy de humor para Aira).

Hace una semana, me la encontré a mano y volví a intentarlo. Esta vez venía de abandonar un libro de cuentos de un contemporáneo. Esos tipos de cuentos que quieren ser Carver pero salen Ivan Noble. Cuando abrí El Santo fue como volver a respirar literatura.

El Santo es una novela que cumple con todo el franchising Aira: veintisiete capítulos en 141 pp, un protagonista medio etéreo pero barrial que sufre un cambio en el medio, unos personajes secundarios coloridos, escenas absurdas, pequeños ensayos silvestres a cuenta de nada, etc.

En la comodidad del estrellato y los fans, Aira escribe como chorizos novelas del género Aira. Como de cow boys, pero Aira. Como históricas, pero Aira. Como Corin Tellado, pero Aira.

Es su mejor momento como escritor de oficio. Le salen naturalmente cosas que a muchos les llevan años (y fracasan).

El problema es que en algún punto leer estas novelas es como ver una serie. Se evidencian fácil los cinco o seis pilotes sobre los que Aira construye sus tramas. Se disfrutan, no lo voy a negar, pero también queda gusto a producto de consumo gourmet.

La tribuna (me incluyo) aplaude al sicario llamado Cobalto “inestable, incapaz de soportarse a sí mismo”, al desarrollo de la teoría de que en el Medioevo las cosas se contaban rápido, no porque pasasen rápido sino porque “las técnicas narrativas no habían sido desarrolladas de modo de darle a la historia un ritmo más pausado, a fuerza de descripciones , y sobre todo de causalidades psicológicas”. O la burla a la literatura de viajes : “la mente tendía a generalizar, a veces forzaba a su portador a hacerlo. Veía una gacela subida al techo de una casa y anotaba en su carnet virtual de impresiones : En estas latitudes las gacelas se pasean en los techos de las casas“.

Pero de golpe, embriagado por ir ganando cuatro a cero, describe un “Programa Poligamia Para Todos”, un chiste no digo de Nik, porque tampoco es para insultarlo, pero por lo pronto, sí una de esas cosas de las que suena raro que no hayan sido objetadas en las lecturas del manuscrito. Que nadie le haya tirado un mail diciéndole: “César, esto no tiene gracia y encima va a quedar viejo dentro de diez minutos”.

El otro punto que puede tener una lectura conflictiva, pero que es divertido en clave de comedia de enredos, es la resolución de la relación de la reina y el santo, que es la resolución de la novela. Casi de Carlín modelo 90.

Así se va.

Y seguramente no va a ser la última que lea ¿Quién puede resistirse al género Aira cuando la mente ya olvidó los defectos y sólo recuerda “la parte en que…”?

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