El nombre del juego es muerte – Dan Marlowe (Bestia equilátera, 2015 /1962)

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Hace un tiempo que  paseaban por mis redes sociales las tapas de las novelas negras que rescata La Bestia Equilátera. Una de las que más insistía era “El nombre del juego es muerte”. Imposible no asociar que la insistencia venía por algunas obviedades: una recomendación de Stephen King que forma parte de la tapa (!), el apellido Marlowe a dos palabras de “novela negra” y la foto de portada imitando el fotograma de un film noir.

El género del policial negro es siempre un placer limitado. De vez en cuando uno lee una novela negra como entretenimiento. Como quien ve una serie. Raro que una serie deje algo más que el chicle instantáneo (salvo The Wire). Y es un género peligroso: atrae a mucho autor con el don del lugar común, del adjetivo empalagoso, de la trama de caricatura (caricaturas malas, a lo Ordoñez).

La novela negra, como la poesía, hace creer a su autor que es algo sólo por sentarse a escribir en esas coordenadas. El género ideal para rellenar las identificaciones inocuas de los oficinistas del word.

Pero bueno, entre todo el telgopor, a veces se encuentra algo que atrapa, entretiene y logra momentos de placer literario. Chandler y Hammett, los obvios, logran eso. La serie de la comisaría sueca de Maj Sjöwall y Per Wahlöö también.

¿Cuales son los puntos interesantes de “El nombre del juego es muerte”? El título seguro que no. Hoy suena a chiste irónico pulp. Lo interesante de la novela es el uso de la primera persona de un ladrón de bancos que mata de forma eficaz. Aunque se empasta un poco cuando aparece el romance, la trama tiene el vértigo coreográfico de una fábrica. Parece una novela escrita para ser adaptada al cine  por el primer Tarantino. O mejor: haber sido filmada en los setentas. Se empieza y se termina en un tirón. Ése es el mérito que se le pide del género.

La traducción de Carlos Gardini juega con un tono neutro noir que logra el efecto de familiaridad con el arquetipo. Hay policias que “acribillan a preguntas”, “pájaros que vuelan del nido”, rubias que “queman llantas en un flamante MG rojo”  y esas cosas. No recuerdo que diga “polizonte” ni “pasma”, pero podría y sería funcional.

La velocidad de las oraciones cortas y hechos encadenados, hacen que las descripciones o lugares comunes pasen rápido al costado de la lectura. La pregunta que queda por hacerse es si además del oficio del género, la novela aporta algo más. Bueno, aporta el oficio, que, como se dijo antes, no es poca cosa. La tensión está todo el tiempo, aun en las partes de menor sorpresa. La resolución no está mal (y podría estarlo, porque la historia llega a un lugar de dificil salida para el autor). Cada cosita está puesta en el lugar adecuado (a veces esto se nota, pero puede ser falla del suspension of disbelief del lector: para pasarla bien en el género uno no puede ponerse a pensar en cómo se resuelven las situaciones).

Más allá de todo, lo que más me gustó, y esto es puro Chandler, son las comparaciones acertadas.

“El bote se ladeó a babor mientras corría entre los árboles. La rama baja le pegó en el pecho. Cayó de la plataforma como un cubo de hielo saltando de un trago derramado”.

Una vez terminado, leí la solapa y ahí cuentan la historia de Dan Marlowe (el googleo no dice que sea un pseudónimo), su amnesia después de ganar un premio y la amistad con un asaltante de bancos de verdad que lo cuidó y hasta quiso continuar su obra literaria. Muy final de Casablanca. El triunfo del amor y la sublimación.

 

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