Las Varonesas – Carlos Catania (Las Cuarenta, 2015 / Seix Barrial 1978)

Este año me recomendaron Las Varonesas. Estuve a punto de ir a la presentación pero la vorágine laboral-parental me lo impidió. Cada vez que me olvidaba del libro, alguien lo volvía a citar. Al final, guardé sus seiscientas paginas para las vacaciones.

Seiscientas páginas en el 2016 es una eternidad para alguien que no leyó ni uno solo de los ladrillos rusos y que la única manera de enfrentar estos elefantes literarios es que vengan trozados a lo Pynchon. Y a veces ni eso, ahí está el de la casa de las hojas de mi tocayo Mark Z., intacto desde la era previa al cinturón de castidad aduanero.

Guglié a Catania. La única referencia en mi cabeza era el “equipo de los argentinos”, unos Globetrotters de Nacional B que llegaron al Calcio hace un par de años. Me sorprendió no encontrar casi nada. Mejor. La novela viene con prólogo y nota del editor. Pispié y vi que era una novela recomendada por Bolaño. Cagamos. Abandoné la lectura de cualquier dato más (el dato importante a tener en cuenta es que fue editada en 1978 en Barcelona e inmediatamente prohibida en el Argentina).

Empecé a leer Las Varonesas en estos días de descanso y puse entre paréntesis El ultimo teorema de Fermat (entretenido en lo que cuenta, aburrido en su tono de divulgarización científica).

La novela está estructurada en cinco partes formales, con índice al final y todo eso, pero la gracia que deja ver de entrada es que está microestructurada en un vaivén de primera a tercera persona, de acontecimientos narrados y territorios no dichos. Es coral pero no lineal. Es moderna pero no experimental. Cómo logró Catania tener la lucidez de escribir así en 1978 es un misterio. Cómo nunca se reeditó hasta ahora, es más misterioso aún. Se habla de la lucha revolucionaria en centroamérica y de una familia maldita santafesina. La importancia del año de edición es que Catania logra novelar en simultáneo con la realidad. Como Fogwill con Los Pichiciegos. Pero el exceso de chusmerío narcótico alrededor de esa obra de Fogwill la saca de lo más impactante: que fue escrita con los Sea Harriers de fondo. ¿Cómo hizo para poder novelar así en simultaneo a las bombas, la propaganda y el desconcierto?

Gran parte de la novela trascurre en una casa en una isla santafesina. La escenografía de la realidad que rodea la lectura es la persecución de los prófugos por zonas rurales de Santa Fe. Alguien hace chistes de prófugos y Saer en tuiter. Avanzo las páginas más violentas de la trama mientras todas las fuerzas federales y provinciales van mareados con las armas en las manos buscando a tres asesinos peligrosos que “están dispuestos a matar o morir”. Leo la tragedia mientras ocurre la farsa.

Plot para contratapa: Una familia fundada por un italiano que arma fortuna con una fábrica de ducle de leche. Cuatro hermanos, los dos del medio protagonistas conflictivos. Primos. Tias. Suicidios. Poetas. Locas místicas. Locos paranoicos. Al mismo tiempo, un hilo que se promete develar con el curso de la novela une la figura de una estrella revolucionaria.

El plot que importa: Alfredo es escritor pero no escribe. Mejor dicho, no realiza la tarea de escribir, pero escribe. Escribe como acto. Escribe la cuerda floja que lo mantiene en equilibrio entre la locura y la excepción normalizada del freak.

Un estilo de tres B. Barroco, Barro, Bielsa.

Puntos altos: la estructura del relato, la intencionalidad de hacer una obra, la eficacia de correrse del momento. Análisis super agudos en medio de las descripciones (tiene algo de Contrapunto de Huxley)

Puntos medios: la repetición del cacareo filosófico de Alfredo. El recurso heroe/villano quedó mucho mejor que el de crimen/castigo.

Puntos bajos: en comparación con la altura del resto de la obra (porque finalmente es una obra) , los momentos de sialorrea frente a Cony (épocas de fascinación por LA mujer), salen del tono. También los devaneos oníricos de la poeta suicida: los terminé salteando. Son detalles ínfimos con respecto al resto. Inevitable en seiscientas páginas y los cuarenta años transcurridos.

Hay una pregunta que surge desde hoy en una novela que detalla torturas con alta intensidad mórbida: ¿es una novela del reviente en los últimos coletazos del boom? Respuesta: No, nada que ver, cualquiera. ¿Por qué? ¿Qué la salva de la caricatura? Respuesta: el contexto de su origen, la distancia de su lectura, los métodos clásicos de su planificación, los juegos modernos de su construcción.

Es verdad que por momentos es un regodeo de la generación revolucionaria, pero el narrador todo el tiempo está acertando a abrir ventanas, a poner en cuestión el relato de la época desde la misma época (algo interesante viendo la adicción a la nostalgia que después tomó a esa generación).

La leí en una semana. En tuiter otros dos lectores en simultaneo coincidíamos en elogios. El arrebato final me tocó las lecturas clandestinas de la niñez del Nunca Mas y el libro de Timerman contando su reclusión bajo el sadismo de Camps. Terrores infantiles.

Por eso vuelvo a la disyuntiva entre provocación o registro de época como lucha. La respuesta (final, contundente) la da Catania en la pagina 318, a mitad de la obra. Dice el narrador: “En literatura me parece que se llama sinceridad a la incapacidad del método”.

Librazo.

Addendum: volví a gugliar después de leerla. Me entero que Catania se crió en San Carlos, la zona donde se escondieron los prófugos. Maravilloso.

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