Lydia Davis – Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2014)

La edición del año. Lydia Davis es una genia, una mujer, no una chica-pose que escribe. Es una feliz sincronía que hayan traducido este libro ahora. Pocas veces el mercado cultural coincide con el momento en que uno está enamorado del artista ¡Ah, si Stephen Merrit hubiera venido a Buenos Aires en el 2000!

Por la dinámica que tiene la obra de LD, un volumen es una especie de mochila. Hay cuentos cortísimos, dos cuentos largos, unas adaptaciones de cartas de Flaubert y unos “sueños”.

Los sueños aburren. Están buenos pero ponerle sueño al final del texto, los tira abajo. Porque una cosa es aprovechar lo onírico como nafta (Levrero) y otra es contar un sueño. Salvo que sea en un contexto de análisis, lo fantástico del sueño no rompe ninguna barrera per se. Son mas interesantes los sueños que cuentan algo mundano “soñé que iba a los chinos de acá a la vuelta, el lugar era exactamente igual, sonaba el mismo tema de Culture Club de fondo y compraba 100 gramos de jamon cocido, como siempre”. El inconsciente que pudiendo soñar dragones por Buenos Aires elige repetir la experiencia del día, está diciendo algo.

Ahora, los sueños de un extraño (porque, Lydia, yo te quiero mucho pero sos una extraña) no me interesan, les falta el amrco de la persona diurna. ¿Cómo es quien sueña eso? ¿Qué distancia hay entre su vida y esa imagen? ¿Dónde está la ruptura? Si Francisco sueña con que escucha Paranoid de Sabbath no es lo mismo a que ése sea el sueño de un cadete en moto de los 80s.

Hay que decir que gran parte de mi fastidio con los sueños ajenos lo tiene Dalí, su obra onírica horrible y los cultores del poster que pueblan las salas de espera del mundo. Rebajar la fantasía privada al mercado fue la gran obra de Salvador.

Lo de Flaubert también desentona un poco. Lo que hizo fue agarrar partes de cartas y extrajo un relato. A veces los intervino, muchas veces no.

Pero sacando esas dos categorias, los cuentitos de Davis son geniales. Tienen un humor aéreo tan marcado que uno se imagina el embole que habrá sufrido la pobre Lydia los cuatro años que estuvo casada con el amargo de Auster en su juventud.

A veces los cuentos pecan de ejercicios. Quizás por el efecto de leer uno detrás de otro, uno se empacha y empieza a notar más las cuerdas de la premisa. El resultado es genial, pero junto con el muerciélago que viene a mordernos, se ve el hilo que lo agita. El cuento de las palabras que hacen las cosas es un ejemplo de esto [“El lavarropas en el ciclo de centrifugado: ‘Pakistaní, Pakistaní’. El lavarropas agitándose (lento): ‘fallada, fallada, fallada, fallada’”]. Para la décima cosa, la técnica molesta el disfrute del resultado.

De los relatos más largos, me encantaron los que son en forma de cartas. Otra vez la formas. Otra vez algo bueno a pesar de verse. (La carta a la Fundación que le da una beca es muy buena; la dirigida a una entidad que la premia como “mujer del año 2006”, excelente).

Voy a evitarles más enumeracion de “lo que me gustó/ lo que no me gustó”. Quedaría por decir que la traducción de Inés Garland es muy buena (no incide en la lectura). Un traductor debería ser como un buen árbitro de fútbol, alguien que no se note. En realidad es una discusión más larga y ya habrá ocasión de fogonearla.

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2 thoughts on “Lydia Davis – Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2014)

  1. Lydia Davis es una gran escritora de cuentos, no hay duda, aunque los de este libro en particular son irregulares, es eso estoy de acuerdo con el comentario. Sin embargo, no puedo estarlo con la traducción, no tanto por la “argentinización”, sino por la reconstrucción de algunas frases, que las convierte en ininteligibles.

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