Brandsen – Marcel Pla (Blatt & Rios, 2013)

Podría ser un excelente booktrailer o trailer a secas. Un paisaje gris de cenizas volcánicas, rutas, ranchos, gauchos, seres deformes, ciencia fallida, sicarios, armas y un malo muy malo.

Sin embargo todo esa escenografía termina intervenida por el juego de los personajes, que dialogan como si estuvieran en Mas Allá del Horizonte. Por ejemplo, tenemos a la pareja formada por una mujer independiente, outsider y un hombre duro, matón:

— Me hablás como si yo fuera una desconocida.

— No quería afligirte. No consigo quitarme la sensación, ni aun hoy, de que soy un fugitivo…

— Bueno, ahora empezás a parecerte al Brandsen que conozco.

— Supongo que no puedo ocultar lo que soy.

Kuliok y Laport, vamos. ¿”No quiero afligirte”? ¿“ni aún hoy”? “no puedo ocultar lo que soy” (susurrado, golpe de korg seteado con trompetas).

Inmediatamente, sube el tono:

—Y te olvidás que ya tengo el doble de edad que tenía cuando te conocí, a vos, mi primer amor…. entonces tenía los pechos firmes

¡Epa! Y el matón:

— Y un color lustroso, como el de la miel.

(Fuegos artificiales)

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Cine: Es una pena también no haber confiado más en el paisaje desértico de cenizas y apelar a guiños cinematográficos explícitos (“de tanto en tanto silbaba bajito la melodía de El bueno, el malo y el feo”) y semiimplícitos (Brokeback Mountain).

Tapa: habla por sí misma (dice algo sobre el rosa chicle y el verde ambo de enfermería, en idioma word art).

Y de golpe era todo un sueño: ¿y si todo esto que se percibe como falla, se transforma en un valor al pensarla desde la ironía? ¿Los diálogos de telenovela? ¡A propósito! ¿Esa tapa? ¡A propósito! Es una trampa que pienso habitualmente cuando leo una historia como Brandsen. Como si estas narraciones funcionaran igual que esos pilotos reversibles, que intentan ser beige y sobrios, pero que si no alcanzan el tono, se pueden dar vuelta y ser rayados de colores. En vez de apostar a ganador se hace una imperfecta que juega a que si la enunciación evidente es eficaz, aspira a ser un clásico pero si en cambio queda inocultable la falla, se obtiene el segundo puesto ganador de la ironía.

Es la forma en que el consumo irónico, sicario de la posmodernidad, nos mató la cabeza. ¿Qué si Arjona escribe así irónicamente? Es probable que sí lo haga, que sea conciente de las exageraciones, que pruebe estirar el límite cada vez. Al menos le supongo a Arjona más inteligencia para eso que la que puede haber en un cantante de protesta acomodado.

Pero en la literatura que apela al folletín como estética necesito (ojo, yo) que haya algún dato que ancle la referencia, que siente una posición del autor, como para que sea más disfrutable. En Brandsen, los tags que aparecen buscan un efecto que va para el otro lado, marean. Como si quedara a mitad de camino entre Luisa Kuliok y Sergio Leone. Entre Laport en taparrabos y los ojos de Clint. Podría haber funcionado, la historia está muy bien, pero no.

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