Un pequeño militante del PO – María Lobo (Pirani, 2014)

Encuentro con el libro: “tengo un libro para vos”, dice un amable lector de este espacio. Me atacan los colores papales de la tapa, un degradé que hace mucho no veía y la silueta de un pájaro. La tapa no es mate. Salta mi voz: “No leas la contratapa, no leas la contratapa”. Demasiado tarde, no leo la contratapa, pero veo “Cheever” antes de que pueda cerrar la puerta de la conciencia.

La suerte de Cheever: iba a decir “qué suerte tuvo Cheever de poder llegar al lector sin condicionamientos” pero me juego un huevo a que en las primeras ediciones de sus cuentos ponen  Chejov en las contratapas.

Tucumán: me gusta Tucumán. Lo más cercano al concepto “mejor amigo” que puede uno sostener en la adultez, vive allá. Hace como diez años, viajé un par de veces a unos encuentros de “jóvenes entusiastas” del mundo psi que se hacían en Amaicha primero y Horco Molle después. Horco Molle es genial: un complejo de edificaciones naziperonistas en las afueras de la ciudad, con ventanales medio Bauhaus y cosas tipo Carpani adentro. Capaz era algo de Carpani de verdad, no me acuerdo. Lo otro que me acuerdo de Tucumán es la sensación de una sociedad dividida en clases definidas. Por un lado el rugby, el profesional, el apellido, los hijos artistas que se vienen a Buenos Aires. Por el otro, Palito Ortega, Bussi, la casa de gobierno exagerada con lamparitas a modo de corso demarcando sus aristas.

Los personajes: María Lobo pareciera pintar su aldea para conquistar el mundo. Sin embargo, no la conozco a María, podría ser que ni siquiera sea tucumana ni se arrime a mi sesgo de lo que es Tucumán. Sus personajes se escuchan en un pitch  bajo de provincia, que mi cabeza va metiendo en el directorio Tucuman/alcurniaprofesional/belladecadencia/ .

Equivalencias: con Cheever en la cabeza mientras leo los primeros relatos, una voz pelea: “el limoncello no es lo mismo que el gin tonic”, “San Javier no es New England”.

La ambivalencia afectiva: el primer relato me gusta a pesar de ciertas cosas que hacen que no cierre bien. Es una puerta que se cierra, tapa el frío que viene de afuera, pero se abre cada tanto. Marca la cancha de lo femenino, que está en todo el libro. Las niñas, las mujeres y su construcción del mundo referenciado en los hombres. El segundo relato debería terminar de volcar la balanza. O se cierra la puerta y ya uno puede relajarse entregado a la lectura o se falsea y uno se caga de frío. Es el que le da título al libro. Un buen título. Pero no. Nunca puedo meterme en el clima, todo me parece impostado. No soporto a ninguno de los personajes (ya sé que no están ahí para agradarme, lo que quiero decir es que no me entran como personajes, no les creo, están actuando mal, interactuan muy cinenacional).

Sale el sol, se nubla: el libro queda en stand by, pero ningún otro le saca el lugar. Lo agarro otra vez y el siguiente relato redime un poco la cosa. Triangulos amorosos, más audacia en el estilo, me gusta. Volvemos, intentamos una nueva etapa en nuestra relación. Le echo la culpa al editor de haberse dejado llevar por el excelente título, sin pensar que el relato no lo bancaba. Avanzo hacia la segunda mitad. Menos mal. Semana Santa, el cuarto cuento, es muy bueno. Tiene todas las cosas que me hacían ruido de antes, y peor. Se dice “indie rock”, en vez de “indie”, por ejemplo. Pero bueno, hay que explicarle a las cosas a las tías. Se tiran nombres, cosa que siempre es una tentación, pero nunca queda bien (se habla de REM y Jonathan Franzen). Pero el giro del cuento es tan, pero tan bueno, que hace olvidar esos detalles narcisistas de la autora metiéndose entre sus personajes. Funcionan como cuando Locomotora Castro se hacía el malherido para terminar metiéndote un gancho fulminante.

El tramo final me lo mando con el espíritu arriba y llega Fotoquímicos, que hoy, dos días después de haber terminado el libro, me parece el mejor cuento. No soy tan necio, sé que si el libro se llamaba Fotoquímicos no le llama la atención a nadie. Pero éste es el relato que se banca la edición. El cierre es digno también.

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Pájaros: se mencionan pájaros, incluso se ven pájaros. Los que me conocen van a decir “boludo, te dan un libro donde hay gente observando aves y se refieren melancólicamente al indie, te hicieron marketing dirigido”.

Resaca post lectura: esos brillos del final dan ganas de leer lo que sigue, uno bien se puede imaginar este primer volumen como una obra primeriza, donde ya están los brillos que vienen después, una vez liberada la carga de tener que explicitar los marcos de referencia.

 

 

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